A todos nos gustan las cosas de la vida cuando son dulces: el hogar, las palabras, la música, los sabores. Muchos somos bastante adictos a todo esto. La dulzura es un regalo de Dios, pues, así como la belleza y el carácter divino, es un rasgo del Señor Supremo, quien apareció en el mundo como un dulce niño que conquistó el corazón de sus devotos.
La naturaleza siempre nos ha proveído dulces extraordinarios, para el caso las frutas, la miel, la caña de azúcar y la estevia rebaudina, la cual es una maravillosa plata nativa del Paraguay, lugar donde los Incas Huaranis la consumieron desde tiempo inmemorial.
Los endulzantes naturales deberían ser más económicos en los mercados que los procesados, pero no es así. Citemos el caso de la caña de azúcar, que produce molazis y luego deriva en panela, un alimento listo para consumir; y así mismo, el de la estevia, cuyo extracto puede ser 300 veces más dulce que la caña, sin producir diabetes ni caries. Pero la industria azucarera aplica procesos de refinación que alteran los alimentos naturales, imponiéndonos otros hábitos que son perjudiciales.
Los sustitutos químicos del dulce son nocivos para la salud, provocan cáncer. Se hace necesario por tanto que el ser humano analice el proceso de producción de lo que va a consumir. Desafortunadamente, la vida agitada lleva a comprar todo empacado, enlatado, precocido, y peor aun a calentar los alimentos en los hornos microondas, cuyos efectos son dasastrozos para el organismo.
A la falta de dedicación y tiempo para seleccionar y preparar los alimentos, se suma la publicidad, a través de la cual se anuncian venenos como el azúcar, sin advertir al público de sus componentes nocivos. Todo lo contrario. Pero en cambio se señaló, persiguió y prohibió plantas como la estevia, bajo el pretexto de que no se había determinado si el sexo de este dulce podría causarle daños a la salud. Esto resulta paradógico, cuando el azúcar se vende en todo los mercados aun sabiendo lo dañino que es.
Si bien cambiar los hábitos alimenticios no es fácil, en el caso del azúcar vale la pena hacerlo. Sí, hay que endulzar la vida, pero con frutas secas, por ejemplo, que no hayan sido procesadas con azúcares, sino deshidratadas por el mismo sol. Lo que pasa es que el azúcar refinada carece de todos los minerales y nutrientes que aporta la caña en estado natural, generando adicción debido a la combinación de varios químicos. Ni siquiera en la miel se puede confiar hoy en día, pues muchos apicultures están alimentando las abejas con azúcar refinada para que rápidamente produzcan un dulce que se ve como la miel, pero que dista mucho de serlo. Detrás de todo esto se encuentran los intereses de empresas poderosas.
Es importante no dejarse manipular más por los intereses economicos de algunos, y esforzarse para alcanzar una vida sencilla con pensamientos elevados, para lo cual es indispensable una alimentacion consciente (saludable) que incluye el vegetarianismo, y tomar distancia de todo lo procesado químicamente.
La sabiduría védica enseña que a Krishna (Dios) se deben ofrecer todos los alimentos que se preparen, cuyo estado debe ser de lo más puro y natural. Dios ha provisto todo lo necesario para tener una vida y una alimentación saludables.
La dulzura y la pureza nos llevarán al plano de la espiritualidad, dos rasgos de la vida que están expresados de la manera más perfecta en los santos nombres de Dios. Cantar o pronunciar estos nombres sagrados, por cierto, es muy especial, porque la dulzura espiritual es una hermosa experiencia que hace a los seres humanos más felices y pacíficos, curando a muchos de la aspereza, y corrigiendo la conciencia despiadada e insensible, sobre todo hacia el dolor de los demás.
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Fuente:
Libro:Colección Sabiduría Védica
Autor: Swami B.A. Paramadvati
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